Qué difícil es hablar el español

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Dedicado a todos los hermanos en Latinoamerica y España, y a toda comunidad hispanoparlante, la diversidad cultural, la riqueza del lenguaje y las personas que intentaron hablar español alguna vez y no lo lograron.

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There is one comment on Qué difícil es hablar el español

  • Jose Luis Martín on

    Tengo un trabajo que me está afectando gravemente, pues no doy abasto y últimamente me requieren también para currar los fines de semana. La familia empieza a pasar de mí, la mujer apenas me consulta nada de lo que hace, no hablamos de las compras para la casa o de la marcha escolar de los hijos y no conseguimos charlar sencillamente de nada interesante, pues cuando llego tarde a casa, (la mayoría de las veces), en vez de darme las buenas noches, me dicen… Llegó el noctámbulo. —¡Todo el mundo a la cama! —De manera queda poco tiempo a compartir. Tan solo se queda a mi lado con verdadero cariño Dragón, el perro más listo que he conocido en mi vida. Tanto, que me trae las zapatillas…
    Además reconozco que estoy tan cansado a esas horas, que no me apetece nada entrar en problemas domésticos que no puedo atender.
    Pero los hijos pequeños, me reclaman. ¡Papa, ven a mi cuarto! ¡Ya no me cuentas cuentos…! —Solo me das un besito y apagas la luz.
    Y la verdad es que de cuentos no sé absolutamente nada, pero de cuentas me defiendo bastante mejor. El caso es que tengo un trabajo original, extravagante, diría que divertido. Soy animador musical de un canal de TV. ¿Qué significa esto…? Pues que debo estar presente en todos los programas en directo de la televisión, al objeto de aplicar el sonido musical en función del contenido de los programas, seleccionando animaciones musicales, creando una atmósfera adecuada al tipo de entretenimiento. Pinchar las piezas predeterminadas para cada emisión, como si fuera la banda sonora de un largometraje o algo así, dando servicio de mantenimiento.
    Una tarde de sábado llegué temprano a casa. Al entrar, todos, desde mi mujer hasta el perro, expresaron mi llegada con alegría. Me pareció vivir un acontecimiento festivo y mis hijos de cinco y siete años, lo agradecieron. Me obligaron a prometer, que les llevaría de vacaciones al término del curso. Esa misma noche, me exigieron también, con dulce tono infantil, que les contara un cuento como solía hacer el abuelo.
    —¡Esta bien! ¡Un cuento! No tengo ni idea… Dejarme pensar mientras me tomo un vino con vuestra madre.
    —¡De acuerdo! Pero no te olvides papá.
    —¡Vale! Cuando estéis en la cama. Os voy a contar uno de miedo…
    —¡Ya! Estamos esperando…
    ¡Atentos! Érase una vez un hombre muy pobre y algo loco, que pasaba mucha hambre y pedía limosna en la puerta de la estación del tren…

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